¿Por qué comemos?

La acción de comer es de importancia vital para el ser humano.
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Necesitamos hacerlo para crecer, desarrollarnos, mantenernos vivos. A su vez, la mayoría de las personas obtienen un gran placer al hacerlo. 

Comer y hambre no siempre van de la mano. Son numerosos los factores que nos llevan a comer, y no siempre es la necesidad física de alimentación.

El hambre se activa en el ser humano como un mecanismo para activar la ingesta de alimentos que tiene como objetivo proveer al organismo la energía necesaria para todos los procesos celulares que hacen a la vida. Hay todo un proceso que sucede en el cuerpo una vez que el alimento se ingiere para obtener de este esa energía.

A su vez, muchísimas veces la ingesta no está motivada por el hambre, si no por otros factores que intervienen llevando a la conducta de comer (emociones, aprendizajes condicionados, costumbres, cultura, modas, vicios, imitación, etc.).

Es útil tener presente que el cuerpo utiliza energía constantemente, aun cuando estamos durmiendo o en reposo. Pero el consumo de alimentos es intermitente, en ciertos momentos del día. Por lo cual el cuerpo almacena la energía en forma de lípidos (grasas), glucógeno (reserva de glucosa) y proteínas. En otras palabras, el cuerpo mantiene reservas que hacen que no sea necesario comer constantemente, ni en las cantidades que a veces creemos que son necesarias.

En la sociedad moderna, nos hemos acostumbrados a que uno de los principales incentivos para comer no sea esto explicado anteriormente, sino el placer anticipado de la ingesta. O sea que, muchas veces, se emprende el acto de comer no por una carencia interna, sino porque el modelado de la conducta nos ha llevado a desear la comida. 

Nos hemos acostumbrado a que es “más rico” comer comidas rápidas, beber infusiones con sabores específicos, recurrir a los ultra procesados, etcétera. Y así hemos ido condicionando nuestra elección de los alimentos. Pero la apetencia (el deseo por algo) se puede educar y así modificar nuevamente, en función de aquello que sea más conveniente para nuestro cuerpo y funciones habituales. 

Podemos esforzarnos por aprender a comer vitaminas y minerales, ingerir la cantidad de agua diaria que necesitamos, mejorar la calidad de los nutrientes en los alimentos y usar mejores combinaciones de estos. No perdamos de vista a la hora de comer, que todo lo que ingiramos, la cantidad, frecuencia y condiciones en las que lo hagamos, modifican la salud de nuestro organismo.