La importancia del afecto

Entre un 80 y uno 90 por ciento de lo que comunicamos lo hacemos de manera no verbal.
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En otras palabras, apenas un 20 por ciento de lo que transmitimos lo hacemos de manera hablada. La gran mayoría de los sentimientos, emociones y pensamientos que expresamos lo hacemos sin decir una sola palabra. Una sonrisa, un gesto de enojo, el acercamiento, la apatía, un abrazo, las lagrimas y mucho más son empleados de manera constante y mayormente inconsciente por nosotros. 

El afecto, es una característica vital en todo ser humano. Llamo “comunicación afectiva” a toda comunicación que involucre afecto. Esta palabra, etimológicamente proviene del latín affectus que está compuesta por el prefijo “ad” (aproximación, dirección, presencia) y la raíz del verbo “facere” (hacer, actuar). Es decir: “acercarse y actuar”. Es por ello, que el afecto es una de las formas tangibles de expresar sentimientos como el amor. Es el abrazo que complementa el “te necesito”, la caricia que condimenta el “te amo” y el beso amoroso de papá y mamá en la frente a su pequeño por las noches asentando el “estoy para cuidarte”. En nuestra esencia, para aquellos que creemos en el Creador, fuimos creados por manos que tocaron el barro. El contacto está en nuestra genética. El afecto, en las relaciones interpersonales, manifiesta sanidad y madurez en ese relacionamiento. 

Una de las maneras más explícitas de expresar afecto tiene que ver con el abrazo. Está comprobado científicamente que un abrazo tiene la capacidad de:

. Incrementar confianza y seguridad

. Reducir los sentimientos de enojo y apatía

. Eleva la serotonina por lo que mejora el estado de ánimo

. Aumenta los glóbulos blancos por lo que favorece al sistema inmunológico

. Relaja los músculos

. Estimula el nivel de oxígeno en sangre brindando un efecto rejuvenecedor 

Estos aspectos son apenas algunos de los cientos de beneficios que podríamos nombrar. Un niño que crece en un marco afectivo tendrá una tendencia a la salud emocional y física mucho más beneficiosa frente a aquel que no lo tuvo. Ahora bien, ¿qué hacemos cuando no nos criaron así y hoy vemos en nuestra propia vida la incapacidad de manifestar afecto? Es cierto que uno no puede dar lo que no tiene, pero el afecto, como todo acto comunicativo, muchas veces se aprende, se pone en práctica y siempre se perfecciona. ¡Es tiempo de manifestarlo!